EL MIEDO Y EL RIDÍCULO
“¡QUÉ MIEDO IMPROVISAR!
¡Qué miedo hacer el ridículo!” Esas son algunas frases comunes que escucho de alguien cuando le cuento que soy improvisador.
“¡QUÉ MIEDO IMPROVISAR!
¡Qué miedo hacer el ridículo!” Esas son algunas frases comunes que escucho de alguien cuando le cuento que soy improvisador.
Solíamos renegar de los títulos después de terminada una función, especialmente cuando había sido una difícil, decíamos que los títulos esto y aquello, que muy sexuales o escatológicos, muy clichés, muy tontos, largos o cortos, muy básicos o enredados, en fin, como les dije: renegábamos de los títulos (re-negar, severa palabra para un grupo de improvisadores cuya teoría dice que no deben negar, menos aun, re-negar)
Acción Impro nació en un taller de improvisación que el actor Rigoberto Giraldo dio en el año 2000 en la Universidad de Antioquia. “Éramos todos unos muchachitos”, dice Catalina Hincapié. Ella y Sanín son los únicos miembros fundadores de Acción Impro que siguen en la compañía. “Nos mantenían nuestros papás, y como no teníamos que trabajar, pudimos pasar tres años encerrados en un salón ensayando. Empezamos a hacer improvisaciones en las filas de la fotocopiadora o del banco, y al final pasábamos el sombrero recogiendo plata. Con el tiempo aparecimos en teatros, cobrábamos la función a cien mil pesos: una parte la dejábamos para el grupo, y con el resto pagábamos una botella de ron para todos”.
-¡Qué verraquera de improvisación!- he escuchado decir a muchos espectadores (y varios actores), cuando una impro concatena perfectamente todos los elementos del engranado Aristotélico, y puesto que estos han surgido del repentismo, ¡Doble verraquera! ¡Qué talento! La historia parece pues ser la corona de la improvisación, quien la logre armar, saldrá heroico y empoderado de la escena, vinos y quesos esperaran para él y se llevará los atributos de ser un gran improvisador.
Jorge Dubatti asegura que la teatralidad está dada por la relación convivial de cuerpos presentes, donde una parte genera un acontecimiento poético mientras la otra parte especta. El espectador es el que espera algo, el que observa, pero él también hace parte del acontecimiento.
Me costó creer lo que me decían: la diferencia es simple, una raya. Ya lo dije, soy indeciso, así que entre una raya y un punto parecía que no se marcaba mucho la distancia entre decir si o decir sí. Pero fue el tiempo y el lanzamiento al vacío lo que hizo visible aquel abismo.
El ser humano se diferencia de los otros animales por su capacidad de pensar y razonar, pero lo que nos hace realmente especiales es nuestra capacidad de imaginar y recordar. Artistas, y muy especialmente quienes vemos la improvisación como el acontecimiento en sí, creamos a partir de estas dos características propiamente humanas: la memoria y la imaginación.
A menudo durante las clases de improvisación los estudiantes se preguntan si podríamos incluir escenografía, utilería, vestuario y maquillaje determinado que nos “ayude” en la creación escénica, sobretodo cuando se encuentran en la incomodidad corporal que genera hacer un silla imaginaria o un vaso que luego mágicamente desaparece cuando una nueva propuesta cambia el rumbo de la improvisación.
Una vez más, aparece en pantalla del celular la tediosa notificación: “El almacenamiento está casi lleno, se recomienda borrar recuerdos, mensajes, conversaciones, fotos, gente, años, en fin; BORRE”. Y creo que fue revisando las notas escritas y tratando de decidir qué borrar y qué ordenar cómo nació la idea de un blog sobre impro.
La improvisación teatral también se aprende. A pesar de que no hay guion ni libreto previo, hay técnicas como poner la mente en blanco y responder a estímulos (una situación, una palabra, a la atmósfera del público) antes de atreverse al acto espontáneo, incluso sin sentido. Producto de esto salen las escenas más insospechadas, mantiene a un público siempre a la expectativa por el qué pasara y una función que nunca va a ser igual a otra.